Allende los mares, donde habitan los terrores, me encontré a Teseo. Estaba sentado en una banca, mirando el mar oscuro. Con la mirada torva escrutaba el océano. En sus ojos pude ver la nostalgia.
-Que haces? -le dije.
-Lo mismo que tu, oh interlocutor.
Pense en mí hacer. No estaba haciendo nada.
Imperturbable mientras las olas romían estruendosas contra las piedras, Teseo escrutó el horizonte. Descansaba, sin duda.
En mi entró el temblor de no saber que decir, como cuando los enamorados se buscan y no se encuentran.
La ansiedad me carcomía.
-¿Y Argos? -pregunté al fin, como para romper el hielo.
Teseo volvió su rostro hacia mi. En su semblante vi la añoranza de épocas lejanas.
-Ojalá no hubieses hablado -me contestó.
Un sudor frío corrió en mi espalda. El bronce de su espada brilló sedienta de muerte.
-Oye, sólo te pregunté por tu perro, ni siquiera pregunté por Penélope...-
Sólo vi a un hombre estallando en llamas. Rojo de ira se lanzó sobre mi, espada en mano. Intenté correr pero yo, un terror nocturno, estaba aterrorizado.
Un mandoble me alcanzó, dejando ver el chorro de sangre que fluía desde mi ser. (pero no me dolió).
Intenté correr, pero un segundo sablazo me derribó.
Jadeando quedé rendido en el piso, ahogándome en mi sangre.
-Solo te pregunté por Argos, oh Teseo...
Con la visión enrojecida y tiritando con el frío de muerte, sentí que Teseo me acariciaba la cabeza.
-Soy Odiseo, oh terror nocturno, no Teseo -me contestó.
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